Descubre al Pet que llevas dentro
¿Y si descubrir tu Pet no consistiera en encontrar un animal, sino en descubrir qué parte de ti aparece cuando juegas?
Cuando escuchamos la palabra petplay, es posible que nuestra primera imagen sea bastante concreta: alguien con orejas, una cola o una hood, caminando en cuatro patas, usando un collar, jugando o siguiendo las indicaciones de un handler. Esa imagen puede formar parte del petplay, pero apenas es una de sus muchas posibilidades.
El petplay es, ante todo, un espacio de juego y exploración. Para algunas personas puede ser una forma de expresar aspectos de su personalidad; para otras, una manera de conectar con el cuerpo, experimentar determinadas emociones, construir vínculos o simplemente escapar durante un rato de las exigencias de la vida cotidiana. Puede vivirse de manera individual o compartirse con otras personas, y puede ocupar un lugar pequeño o muy importante dentro de la vida de cada Pet.
Por eso, cuando hablamos de “descubrir al Pet que llevamos dentro”, no estamos hablando necesariamente de encontrar un animal que estaba escondido en algún lugar de nuestra personalidad. Estamos hablando de explorar qué ocurre cuando nos damos permiso para jugar.
¿Qué significa ser Pet?
Podemos entender a un Pet como una persona que, de manera voluntaria y consensuada, explora un rol inspirado en comportamientos, emociones, características o imaginarios asociados con determinados animales.
Esto no significa creer literalmente que somos un animal. El imaginario animal puede convertirse en un lenguaje que nos permite expresarnos de una manera diferente: podemos jugar con nuestra forma de movernos, con nuestros sonidos, con nuestra energía, con la manera en que buscamos contacto o incluso con la forma en que nos relacionamos con otras personas.
Y aquí aparece una de las ideas más importantes de nuestra charla en AEFest 2026:
No existe una única manera correcta de ser Pet.
Nos gusta decir que el PetPlay es un poco como el verdadero: “sé lo que quieras ser”. Un Pet puede construir su experiencia de muchas maneras. Puede usar gear o no; puede ladrar, maullar, aullar o permanecer completamente en silencio; puede vivir el rol intensamente o reservarlo para determinados momentos de juego.
La idea no es encajar en un molde, sino encontrar una forma de expresión que tenga sentido para nosotros.
Antes de preguntarte qué animal eres, pregúntate cómo quieres sentirte
Para entender por qué el PetPlay puede resultar tan atractivo, podemos hacer un pequeño experimento mental.
Imagina que alguien te dice que durante los próximos cinco minutos no tienes ninguna responsabilidad. No tienes que trabajar, estudiar, responder mensajes ni demostrar absolutamente nada. Durante esos cinco minutos nadie espera que seas productivo, eficiente, responsable o adulto.
¿Qué pasaría?
Tal vez sentirías alivio. Quizá tu cuerpo se relajaría. Podrías sentir curiosidad, ganas de moverte o simplemente ganas de jugar. Tal vez descubrirías que llevas demasiado tiempo intentando tener todo bajo control.
Esta pregunta es interesante porque no necesitamos conocer nada de PetPlay para entenderla. Todos sabemos lo que significa cargar responsabilidades.
La vida adulta puede parecerse a tener demasiadas aplicaciones abiertas al mismo tiempo: trabajo, estudio, familia, dinero, obligaciones, expectativas, preocupaciones y decisiones. Aunque sigamos funcionando, el ruido mental puede acumularse.
Para algunas personas, el PetPlay ofrece un espacio donde esas aplicaciones pueden cerrarse durante un rato. No necesariamente porque desaparezcan los problemas, sino porque durante ese momento podemos prestar atención a otra cosa: el cuerpo, el juego, la curiosidad y la experiencia de estar presentes.
En ese espacio puede aparecer una sensación de libertad, disminuir el ruido mental, resultar más fácil conectar con el cuerpo que con las palabras o simplemente permitirnos jugar sin preocuparnos tanto por cómo nos vemos.
No todos los Pets viven esto de la misma manera. Para algunas personas será una experiencia muy profunda; para otras será simplemente una forma divertida de jugar.
Y ambas experiencias pueden ser igualmente válidas.
El Pet no siempre empieza por un animal
Cuando alguien descubre esta practica, es muy común pensar que el primer paso consiste en elegir una especie: “quiero ser perro”, “creo que soy gato”, “quizás mi Pet es un lobo”.
Pero podemos darle la vuelta al proceso.
En lugar de comenzar por el animal, podemos comenzar por nosotros mismos.
Podemos preguntarnos cómo nos gusta habitar nuestro cuerpo:
¿Nos sentimos cómodos con movimientos rápidos o lentos?
¿Disfrutamos correr y saltar o preferimos observar tranquilamente?
¿Buscamos contacto o necesitamos espacio?
¿Somos de mucha energía o encontramos nuestro lugar en la calma?
Después podemos mirar nuestras emociones:
¿Qué necesitamos para sentirnos seguros?
¿Cómo expresamos cariño?
¿Nos resulta sencillo pedir atención?
¿Cómo ponemos nuestros límites?
¿Qué emociones nos gustaría explorar con mayor libertad?
También podemos preguntarnos cómo queremos relacionarnos. Tal vez nos gusta cuidar; quizá preferimos recibir cuidado. Podemos disfrutar jugando, observando, compitiendo o simplemente compartiendo un espacio con otras personas.
Y finalmente aparece nuestra imaginación: las historias que nos atraen, los animales que nos despiertan curiosidad, las fantasías que queremos explorar y todos esos pequeños elementos que nos hacen pensar: “esto tiene algo que ver conmigo”.
Solo después de recorrer parte de este camino aparece la estética: el nombre, los colores, el gear, los juguetes, las señales y los rituales que ayudan a darle una forma visible a nuestro Pet.
El Pet como una cebolla: capa sobre capa
Podemos imaginar este proceso como una cebolla.
No porque nuestro Pet vaya a hacernos llorar —aunque algunas experiencias podrían hacerlo—, sino porque no está compuesto de una sola característica. Está formado por distintas capas que se van descubriendo y relacionando entre sí.
La primera puede ser el cuerpo: cómo queremos movernos y qué sensaciones buscamos.
Después aparecen las emociones: qué queremos sentir, expresar o permitirnos.
Luego está la conexión: cómo queremos relacionarnos con otras personas y qué lugar ocupamos en esas relaciones.
A continuación encontramos la imaginación, donde aparecen los animales, las historias, las fantasías y los elementos que despiertan nuestra curiosidad.
Y finalmente está la estética, que reúne todas aquellas cosas que hacen visible nuestro Pet: el gear, los colores, el nombre, los juguetes, las señales y los rituales.
Estas capas no tienen que desarrollarse en un orden perfecto. A veces una hood es el punto de partida. Otras veces todo comienza con una sensación corporal, una fantasía o una experiencia de juego. Lo importante es recordar que la estética expresa nuestra identidad, pero no necesariamente la crea. Podemos tener un Pet muy definido sin utilizar gear, de la misma manera que podemos tener una enorme colección de accesorios mientras todavía estamos descubriendo qué significa el petplay para nosotros.
Tu Pet no tiene que ser perfectamente coherente
Cuando comenzamos a construir un personaje, puede aparecer otra presión: la necesidad de que todo encaje.
Si soy independiente, ¿por qué quiero atención?
Si soy muy energético, ¿por qué necesito que me cuiden?
Si mi estética es intimidante, ¿por qué durante el juego soy extremadamente tierno?
La respuesta puede ser sencilla:
porque somos personas, no personajes escritos para una serie de televisión.
Los contrastes pueden hacer que una experiencia sea mucho más interesante. Podemos ser un Pet lleno de energía que, al mismo tiempo, necesita muchísimo cuidado. Podemos ser profundamente independientes y disfrutar de ser el centro de atención cuando nosotros decidimos que es el momento. Podemos tener una apariencia grande, fuerte o intimidante y descubrir que, cuando comienza el juego, lo que aparece es un Pet dulce y juguetón.
No necesitamos eliminar esas contradicciones para construir una identidad coherente.
A veces podemos simplemente disfrutarlas.
¿Qué estamos buscando realmente?
Llegados a este punto, una pregunta puede ser incluso más útil que “¿qué animal soy?”:
¿Qué estoy buscando cuando hago PetPlay?
Tal vez nuestra respuesta sea jugar. Tal vez queramos conectar con nuestro cuerpo.
Quizá necesitamos una forma de bajar el ruido mental o de alejarnos temporalmente de nuestras responsabilidades. Podemos estar buscando una manera de conocer gente, relacionarnos de otra forma o sentir que pertenecemos a una comunidad. También puede ser una oportunidad para experimentar una personalidad diferente: ser más juguetones, más expresivos, más curiosos, más tiernos o simplemente menos preocupados por lo que los demás esperan de nosotros.
La respuesta puede cambiar con el tiempo. Y descubrir que nuestras razones son diferentes a las de otro Pet no hace nuestra experiencia menos válida.
Entonces sí: miremos hacia los animales
Una vez que hemos explorado nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestras formas de conexión y nuestra imaginación, podemos volver a los animales. Pero hay una diferencia importante: no vamos a buscar el animal correcto. Vamos a buscar un lenguaje que nos resulte interesante.
Dentro del imaginario cultural:
Un perro puede evocarnos juego, energía, lealtad, atención y compañerismo.
Un gato puede llevarnos hacia la independencia, la curiosidad, la sensualidad y la observación.
Un lobo puede despertar ideas de manada, territorio, fuerza y conexión.
Un conejo puede asociarse con sensibilidad, alerta, curiosidad y juego.
Un zorro puede sugerir astucia, picardía, exploración e independencia.
Pero estas asociaciones no son reglas sobre cómo “debe” ser cada animal. Son imaginarios. Y los imaginarios son herramientas.
Si tu palabra es curiosidad, puedes preguntarte qué animal te ayuda a jugar con esa sensación. Si tu palabra es protección, puedes explorar qué animal representa para ti esa energía. Si lo que buscas es libertad, puedes pensar qué animal te hace sentirla. El animal no tiene que decirte quién eres. Puede simplemente ayudarte a descubrir qué quieres explorar.
Y si ningún animal encaja, tampoco pasa nada
Después de todo este proceso quizá ocurra algo inesperado: no encuentres ningún animal que te represente completamente.
No es un fracaso. El animal no es un examen que tengamos que aprobar.
Quizá lo que quieres explorar no necesita una etiqueta zoológica. Tal vez te interesa una energía, una personalidad, una manera de jugar o una forma diferente de relacionarte. Puedes construir tu experiencia alrededor de esa sensación sin tener que encontrar una especie que encaje perfectamente.
El animal puede ser una herramienta para expresarte, pero no una obligación.
¿Tu Pet eres tú o es un personaje?
Esta pregunta aparece tarde o temprano: “¿Este personaje soy yo?”
Puede que sí. Puede que no. O puede que sea un poco de ambas cosas.
Para explicarlo, hay una analogía que podemos utilizar: imagina que tienes una consola de volumen dentro de ti...
Quizá la ternura siempre ha estado ahí, pero en la vida cotidiana está al 30 %. Cuando entras en tu rol, puede subir al 80 %. Tal vez tu lado juguetón normalmente aparece muy poco porque tienes que trabajar, estudiar, tomar decisiones y cumplir responsabilidades. Durante el headspace puede subir del 20 % al 90 %.
No necesariamente estás inventando una persona nueva. Quizá simplemente estás subiendo el volumen de una parte de ti que ya existía. Por eso el Pet no tiene que ser una máscara que esconda quién eres. Puede ser un espacio que te permita mostrar aspectos que normalmente mantienes en segundo plano.
¿Qué me permite ser mi Pet?
Esta idea nos lleva a una pregunta especialmente poderosa:
¿Qué cosas me permito hacer cuando estoy en mi rol que normalmente no me permito fuera de él?
Quizá puedo ser más juguetón.
Puedo hacer ruido.
Puedo buscar atención.
Puedo explorar.
Puedo ser tierno.
Puedo dejar que alguien me cuide.
O quizá puedo hacer algo que parece mucho más sencillo, pero que para mí resulta difícil: dejar de tener todo bajo control.
A veces el verdadero atractivo del petplay no está en “convertirnos” en otra persona, sino en tener permiso para dejar descansar durante un rato la versión de nosotros que pasa todo el día resolviendo problemas. Y quizá por eso jugar como Pet puede sentirse tan liberador.
El juego también necesita cuidado
Explorar no significa olvidarnos de nuestros límites; todo lo contrario. Cuando compartimos el PetPlay con otras personas, la comunicación y el consentimiento son fundamentales para saber qué queremos, qué no queremos y qué necesitamos para sentirnos seguros. Esto es especialmente importante cuando existen dinámicas con handlers, caregivers, owners, trainers u otras personas con quienes construimos acuerdos específicos. El cuidado tampoco termina cuando acaba el juego.
Después de una experiencia intensa podemos necesitar tiempo para descansar, hidratarnos, hablar, recibir afecto o simplemente volver poco a poco a nuestra cotidianidad. Ese espacio de acompañamiento puede formar parte del aftercare. También algunas personas pueden experimentar un drop, una bajada física o emocional después de una experiencia intensa. Conocer nuestras propias respuestas nos permite prepararnos mejor y cuidar de nosotros mismos y de quienes comparten el juego con nosotros.
El petplay puede ser juego, pero el juego no significa que dejemos de cuidarnos.
Para quienes están empezando
Si acabas de descubrir el PetPlay, probablemente no necesitas responder todas estas preguntas de inmediato.
No tienes que elegir un animal.
No tienes que comprar gear.
No tienes que inventar un nombre.
No tienes que saber si quieres un handler, un caregiver o una manada.
No tienes que entrar en headspace.
Y tampoco tienes que demostrar que eres un Pet “de verdad”.
Puedes empezar observando qué despierta tu curiosidad. Prueba a preguntarte cómo quieres moverte, qué quieres sentir, qué te gustaría expresar y qué cosas te permites hacer cuando juegas. Con el tiempo, algunas respuestas pueden empezar a juntarse.
Quizá aparezca un animal, un nombre, una dinámica o simplemente una sensación.
Todo eso puede ser un comienzo.
Para quienes llevan tiempo en la manada
Descubrir nuestro Pet tampoco es algo que necesariamente termina después de elegir un animal, comprar nuestro primer gear o encontrar una comunidad. Nosotros también cambiamos.
Nuestros gustos pueden cambiar, nuestras relaciones pueden transformarse y nuestros límites pueden evolucionar. Algo que antes nos encantaba puede dejar de hacerlo, mientras que una experiencia que nunca habíamos considerado puede despertar nuestra curiosidad años después. Eso no significa que nuestra experiencia anterior haya sido menos auténtica.
Quizá nuestro Pet se parece más a una casa que a una estatua: podemos conocer muy bien sus habitaciones y, aun así, descubrir de vez en cuando una puerta que no habíamos abierto. Seguir explorando no significa que no sepamos quiénes somos. Significa que seguimos conociéndonos.
Entonces, ¿se crea o se descubre un Pet?
Quizá la respuesta sea: las dos cosas.
Construimos algunas partes conscientemente. Elegimos un nombre, un color, un collar, una hood, unas señales, determinados rituales o una estética, pero también descubrimos otras.
Descubrimos cómo quiere moverse nuestro cuerpo.
Qué emociones aparecen.
Qué nos hace sentir seguros.
Cómo queremos relacionarnos.
Qué nos divierte.
Qué nos ayuda a descansar del ruido cotidiano.
Qué parte de nosotros aparece cuando dejamos de preocuparnos por cumplir expectativas.
Por eso no tenemos que decidir si estamos “creando” o “descubriendo” nuestro Pet. Podemos hacer ambas cosas al mismo tiempo.
Una invitación para seguir explorando
La próxima vez que tengas un momento tranquilo, intenta algo muy sencillo. No pienses primero en un animal. Piensa en una sensación, después presta atención a tu cuerpo y finalmente pregúntate:
¿Qué me permite ser esta parte de mí?
Quizá aparezca un animal.
Quizá aparezca un personaje.
Quizá aparezca un deseo.
Quizá no aparezca nada todavía. No pasa nada. Porque el objetivo no es encontrar una respuesta correcta. Es empezar a escucharte. Al final, después de hablar de animales, gear, headspace, personajes, vínculos y manadas, volvemos al punto de partida.
Descubrir al Pet que llevas dentro no necesariamente significa encontrar un animal escondido dentro de ti. Puede significar descubrir una parte de ti que estaba esperando un espacio para jugar.
Y quizá esa sea la pregunta que vale la pena llevarnos: ¿Qué parte de ti aparece cuando juegas?
Publicado por Antracita, gestora de PetPlay Bogotá.



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